
Son las 2:30 de la madrugada, y no paro de dar vueltas en la cama.
Me levanto y camino descalzo de un lado para otro, como si pululando por toda la casa, fuera a encontrar lo que no me deja pegar ojo.
Desisto.
Me tumbo en la cama, y lo único que tengo puesto es la radio con uno de esos programas de música para la madrugada. Extiendo la mano y saco un libro de debajo de la cama. Parece que esta noche toca otra enciclopedia; en esta ocasión sobre el océano.
Con toda la calma del mundo me pongo a leer, pero para cuando me quiero dar cuenta, me he quedado dormido como un niño al que le leen un cuento. Me despierto sobresaltado y frío. No me había cubierto debidamente.
Miro el reloj, sus manecillas no han tenido gran movimiento. Las tres y cuarto de la mañana.
Me desvelé definitivamente, y asqueado, no se muy bien qué hacer.
Me pongo algo de ropa y bajo hasta la playa. El camino fue silencioso y oscuro.
Daba gusto caminar por la orilla de aquella playa de arena negra en mitad de la noche. Quisiera decir que de la oscuridad, pero una intensa luz lunar lo bañaba todo, haciendo que por un momento llegara a dudar de si realmente era de noche.
Con los pies mojados y las ideas secas, opté por despojarme de mi ropa, y meterme en aquellas calmadas y apetecibles aguas.
Ligeras fueron las brazadas del principio, pero luego comencé a sumergirme. La claridad del agua me sorprendió, siendo superior a la de cualquier día de verano con el sol más radiante. El paisaje submarino era inigualable. Bancos de salemas por doquier,parecían rebaños a la espera del pastor. Nadaba entre ellas, casi sin desentonar, sin ser un extraño del "mundo seco". También pude ver algún que otro sargo, un par de "tapaculos" intentado camuflarse en el fondo arenoso, y un manojito de pequeños chocos que se dirigían a la entrada de una cueva.
Me picó el bicho del hambre, y fui a coger lo necesario para buscarme una sabrosa comida.
Según salí del agua, fui derecho hasta la casa, caminando por todo el pueblo como Dios me trajo al mundo. Empapado, dejando tras de mi unas húmedas huellas. Total, tampoco pasaba nada. Todos dormían a esas horas.
Neopreno, aletas, gafas, fusil, cuchillo y una pequeña linterna. Con todo ese trasterio me sumergí nuevamente.
Divisé dos salemas apartadas de la "manada" y con un poco de calma, conseguí ensartarlas. Una a una caeron ante el fusil de pesca.
Ya había conseguido algo de comer, pero la cueva me dejó intrigado. Quería ver qué había dentro, y hacia allí me encaminé. Sabía que no podía internarme demasiado, ni estar mucho tiempo allí metido, por una razón de peso: no soy un delfín, solo llego a la categoría de triste humano.
Cuando me sentí capaz, me volví a zambullir. La entrada de la cueva estaba a tres metros de profundidad, allí, con los mismos chocos de antes en la entrada. Me interné con sumo cuidado, observando con gran detalle la estampa que allí se vislumbraba. Paredes pobladas por una multitud de vida que llegaría a asombrar a cualquiera. Montones de pequeños seres que seguían haciendo su vida aunque yo llegara de fuera. Era espectacular.
Unos metros más al frente, parecía que esa cantidad de vida de la entrada empezaba a dispersarse. Lo mismo hacia la poca luz que llegaba desde la entrada, aunque era suficiente para ver que sobre mi cabeza había una bolsa de aire a la que acudir para respirar un poco. Seguramente estaría conectada hacia el exterior por alguna grieta o apertura existente en la roca. De ser así, la cueva tendría un camino ascendente, porque el nivel del agua del respiradero debiera ser el mismo que el de la marea, si la idea de la grieta era correcta.
Mientras rulaba mi cabeza en ese pensamiento, recuperé el aliento y volví a oxigenar mis pulmones para continuar.
Retomé el camino sabiendo que en cualquier momento podía volver a ese respiradero a recuperar el aliento.
Ya la luz era tan escasa, que era obligatorio prender la linterna. Enfoqué con ella las paredes, el techo y el suelo de la cueva, y nada. No había nada. Las paredes estaban limpias.
Extrañado, continué avanzando mientras notaba en mis oidos, a modo de presión, que la profundidad aumentaba.
Seguía sin haber nada. Todo estaba como un desierto. Me volví a mirar hacia atrás, para ver cómo de lejos quedaba la entrada, y vi un pez que me hizo estremecer, que me hizo sentir pánico. Sus enormes dientes... sus minúsculos ojos clavados en mi ojos...
Un pez abisal. ¡Es de locos!. Mil y un veces he leido sobre ellos, y de sobra se que como mucho están a 250 metros de la superficie. Y eso solo determinadas especies durante la noche...
Solté la linterna y aleteé lo más rápido que pude.
Pero en dirección contraria...
La cueva tenia un extraño final, una gran apertura que daba a la gran masa de agua, pero que estaba cerrada por una enorme reja. Empezando a notar la falta de aire, miré hacia la entrada y no estaba tan cerca como pensé en un primer momento; estaba allá... a lo lejos. Y la linterna descansaba en el fondo, enfocando como por "gracia" hacia el techo.
Con la mirada busqué al pececito causante de mi miedo, y no estaba. Se había esfumado. En su lugar, en la masa de agua que iluminaba el haz de luz de la linterna, se veían multitudes de peces como aquel. De mil y un tipos y formas, a cual más horrendo, más terrorífico, más... paralizante.
Era estúpido que solo estuvieran en la proyección de la luz de aquella maldita linterna. Sabía más que de sobra que era un juego, una mala pasada de mi cabeza, ¡una puta alucinación joder!
Pero tenia miedo y no sabía qué hacer. Mis pulmones me lo indicaron: buscar el respiradero y salir lo más rápido posible de allí.
Cerré los ojos y crucé los brazos sobre mi cara a modo de defensa, y arremetí con mis últimas reservas de aire hacia aquel banco del miedo submarino. Al pasar se confirmaron dos cosas.
Primero, era una alucinación. Pero que me seguía dando pánico.
Segundo, no me quedaba aire.
Busqué en el techo de la cueva aquella bolsa de aire, como busca agua un sediento. No estaba...
¿a caso no estaba allí? ¡Maldita sea, no la veía por ningún lado!
¡NO ESTABA!
Entonces recordé, que si realmente estaba conectado con el exterior, se vería afectado por los cambios de las mareas. Se explicaba entonces el incremento de presión en mis oidos... había subido la marea, haciendo desaparecer el respiradero, ¡y no tenia 6 horas para que volviera!
Solo quedaba una salida, volver por donde vine aunque fuera tragando agua.
Me puse tan nervioso, que aleteaba como una sardina en tierra, provocando que la linterna se terminara de tumbar enfocando la entrada. En ese momento el miedo se hizo conmigo. Toda la cueva estaba llena de aquellos terroríficos peces, que parecían seres de otro mundo.
No podía moverme, estaba aterrorizado, y no tener aire... bueno, no tener aire no ayudaba. Me quité las gafas y me tiré las manos al cuello... como intentando evitar que el alma se me escapara por la boca con la última burbuja de aire....
Respirando con gran dificultad , tosiendo; como si el aire no me fuera suficiente. Las manos apretándome la garganta hasta hacerme daño. Sudando. Y frio, muy frio... me desperté. No me había cubierto debidamente.
En especial para todos aquellos que padecemos algo parecido al insomnio.
Nadye. Un insomne con pesadillas.
Desisto.
Me tumbo en la cama, y lo único que tengo puesto es la radio con uno de esos programas de música para la madrugada. Extiendo la mano y saco un libro de debajo de la cama. Parece que esta noche toca otra enciclopedia; en esta ocasión sobre el océano.
Con toda la calma del mundo me pongo a leer, pero para cuando me quiero dar cuenta, me he quedado dormido como un niño al que le leen un cuento. Me despierto sobresaltado y frío. No me había cubierto debidamente.
Miro el reloj, sus manecillas no han tenido gran movimiento. Las tres y cuarto de la mañana.
Me desvelé definitivamente, y asqueado, no se muy bien qué hacer.
Me pongo algo de ropa y bajo hasta la playa. El camino fue silencioso y oscuro.
Daba gusto caminar por la orilla de aquella playa de arena negra en mitad de la noche. Quisiera decir que de la oscuridad, pero una intensa luz lunar lo bañaba todo, haciendo que por un momento llegara a dudar de si realmente era de noche.
Con los pies mojados y las ideas secas, opté por despojarme de mi ropa, y meterme en aquellas calmadas y apetecibles aguas.
Ligeras fueron las brazadas del principio, pero luego comencé a sumergirme. La claridad del agua me sorprendió, siendo superior a la de cualquier día de verano con el sol más radiante. El paisaje submarino era inigualable. Bancos de salemas por doquier,parecían rebaños a la espera del pastor. Nadaba entre ellas, casi sin desentonar, sin ser un extraño del "mundo seco". También pude ver algún que otro sargo, un par de "tapaculos" intentado camuflarse en el fondo arenoso, y un manojito de pequeños chocos que se dirigían a la entrada de una cueva.
Me picó el bicho del hambre, y fui a coger lo necesario para buscarme una sabrosa comida.
Según salí del agua, fui derecho hasta la casa, caminando por todo el pueblo como Dios me trajo al mundo. Empapado, dejando tras de mi unas húmedas huellas. Total, tampoco pasaba nada. Todos dormían a esas horas.
Neopreno, aletas, gafas, fusil, cuchillo y una pequeña linterna. Con todo ese trasterio me sumergí nuevamente.
Divisé dos salemas apartadas de la "manada" y con un poco de calma, conseguí ensartarlas. Una a una caeron ante el fusil de pesca.
Ya había conseguido algo de comer, pero la cueva me dejó intrigado. Quería ver qué había dentro, y hacia allí me encaminé. Sabía que no podía internarme demasiado, ni estar mucho tiempo allí metido, por una razón de peso: no soy un delfín, solo llego a la categoría de triste humano.
Cuando me sentí capaz, me volví a zambullir. La entrada de la cueva estaba a tres metros de profundidad, allí, con los mismos chocos de antes en la entrada. Me interné con sumo cuidado, observando con gran detalle la estampa que allí se vislumbraba. Paredes pobladas por una multitud de vida que llegaría a asombrar a cualquiera. Montones de pequeños seres que seguían haciendo su vida aunque yo llegara de fuera. Era espectacular.
Unos metros más al frente, parecía que esa cantidad de vida de la entrada empezaba a dispersarse. Lo mismo hacia la poca luz que llegaba desde la entrada, aunque era suficiente para ver que sobre mi cabeza había una bolsa de aire a la que acudir para respirar un poco. Seguramente estaría conectada hacia el exterior por alguna grieta o apertura existente en la roca. De ser así, la cueva tendría un camino ascendente, porque el nivel del agua del respiradero debiera ser el mismo que el de la marea, si la idea de la grieta era correcta.
Mientras rulaba mi cabeza en ese pensamiento, recuperé el aliento y volví a oxigenar mis pulmones para continuar.
Retomé el camino sabiendo que en cualquier momento podía volver a ese respiradero a recuperar el aliento.
Ya la luz era tan escasa, que era obligatorio prender la linterna. Enfoqué con ella las paredes, el techo y el suelo de la cueva, y nada. No había nada. Las paredes estaban limpias.
Extrañado, continué avanzando mientras notaba en mis oidos, a modo de presión, que la profundidad aumentaba.
Seguía sin haber nada. Todo estaba como un desierto. Me volví a mirar hacia atrás, para ver cómo de lejos quedaba la entrada, y vi un pez que me hizo estremecer, que me hizo sentir pánico. Sus enormes dientes... sus minúsculos ojos clavados en mi ojos...
Un pez abisal. ¡Es de locos!. Mil y un veces he leido sobre ellos, y de sobra se que como mucho están a 250 metros de la superficie. Y eso solo determinadas especies durante la noche...
Solté la linterna y aleteé lo más rápido que pude.
Pero en dirección contraria...
La cueva tenia un extraño final, una gran apertura que daba a la gran masa de agua, pero que estaba cerrada por una enorme reja. Empezando a notar la falta de aire, miré hacia la entrada y no estaba tan cerca como pensé en un primer momento; estaba allá... a lo lejos. Y la linterna descansaba en el fondo, enfocando como por "gracia" hacia el techo.
Con la mirada busqué al pececito causante de mi miedo, y no estaba. Se había esfumado. En su lugar, en la masa de agua que iluminaba el haz de luz de la linterna, se veían multitudes de peces como aquel. De mil y un tipos y formas, a cual más horrendo, más terrorífico, más... paralizante.
Era estúpido que solo estuvieran en la proyección de la luz de aquella maldita linterna. Sabía más que de sobra que era un juego, una mala pasada de mi cabeza, ¡una puta alucinación joder!
Pero tenia miedo y no sabía qué hacer. Mis pulmones me lo indicaron: buscar el respiradero y salir lo más rápido posible de allí.
Cerré los ojos y crucé los brazos sobre mi cara a modo de defensa, y arremetí con mis últimas reservas de aire hacia aquel banco del miedo submarino. Al pasar se confirmaron dos cosas.
Primero, era una alucinación. Pero que me seguía dando pánico.
Segundo, no me quedaba aire.
Busqué en el techo de la cueva aquella bolsa de aire, como busca agua un sediento. No estaba...
¿a caso no estaba allí? ¡Maldita sea, no la veía por ningún lado!
¡NO ESTABA!
Entonces recordé, que si realmente estaba conectado con el exterior, se vería afectado por los cambios de las mareas. Se explicaba entonces el incremento de presión en mis oidos... había subido la marea, haciendo desaparecer el respiradero, ¡y no tenia 6 horas para que volviera!
Solo quedaba una salida, volver por donde vine aunque fuera tragando agua.
Me puse tan nervioso, que aleteaba como una sardina en tierra, provocando que la linterna se terminara de tumbar enfocando la entrada. En ese momento el miedo se hizo conmigo. Toda la cueva estaba llena de aquellos terroríficos peces, que parecían seres de otro mundo.
No podía moverme, estaba aterrorizado, y no tener aire... bueno, no tener aire no ayudaba. Me quité las gafas y me tiré las manos al cuello... como intentando evitar que el alma se me escapara por la boca con la última burbuja de aire....
Respirando con gran dificultad , tosiendo; como si el aire no me fuera suficiente. Las manos apretándome la garganta hasta hacerme daño. Sudando. Y frio, muy frio... me desperté. No me había cubierto debidamente.
En especial para todos aquellos que padecemos algo parecido al insomnio.
Nadye. Un insomne con pesadillas.