Un fogonazo, olor a pólvora y un aguijonazo en la pierna. Caigo de bruces al suelo. Los perros de presa no tardan en cobrar pieza. Me rodean, y comienzan a ladrar con efusividad. Logran guiar a sus amos hasta mí. Solo llego a distinguir los faroles y las sombras entre los árboles, porque cuando llegan hasta mí, ya he perdido el conocimiento por el dolor y la pérdida de sangre.
Despierto dolorido y estoy tumbado en un catre que bien parece de piedra, cerca hay una pila de pequeños animales muertos. No entiendo qué ocurre, ni donde estoy, pero el agotamiento vence y me limito a quejarme por las heridas... No se cuanto tiempo ha pasado.
Entra en la estancia una mujer, con un vestido muy ceñido. Me pregunto como puede respirar con tal tensión en su corsé. Reparo en lo peculiarmente dorado que es su cabello, y en lo profúndamente azules que son sus ojos. Su piel, blanca y fina, estaba sugerentemente poblada por lunares.
Con un gesto de amabilidad, me acerca un tazón humeante de algo realmente sabroso. No sé que es, pero su aroma es realmente apetecible. Sin articular palabra, tomo el tazón de sus manos y como con tal ansiedad, que bien parecía lo que era: un muerto de hambre.
Ella sólo sonríe, y yo devoro el contenido de aquel humeante pocillo. Espera paciente, acomodándose las ropas y el cabello mientras termino mi comida.
-Come despacio, que aún estás débil.
-Mmm! gracias, está realmente bueno.
Sonríe ampliamente y replica: -Sí, el sabor de la sopa de corazón de venado, es algo que suele gustar mucho. Y hasta donde sé, para tu gente...
En la puerta de la habitación, aparece un hombre corpulento
Entra en la estancia una mujer, con un vestido muy ceñido. Me pregunto como puede respirar con tal tensión en su corsé. Reparo en lo peculiarmente dorado que es su cabello, y en lo profúndamente azules que son sus ojos. Su piel, blanca y fina, estaba sugerentemente poblada por lunares.
Con un gesto de amabilidad, me acerca un tazón humeante de algo realmente sabroso. No sé que es, pero su aroma es realmente apetecible. Sin articular palabra, tomo el tazón de sus manos y como con tal ansiedad, que bien parecía lo que era: un muerto de hambre.
Ella sólo sonríe, y yo devoro el contenido de aquel humeante pocillo. Espera paciente, acomodándose las ropas y el cabello mientras termino mi comida.
-Come despacio, que aún estás débil.
-Mmm! gracias, está realmente bueno.
Sonríe ampliamente y replica: -Sí, el sabor de la sopa de corazón de venado, es algo que suele gustar mucho. Y hasta donde sé, para tu gente...
En la puerta de la habitación, aparece un hombre corpulento