Con los tapones para el ruido y la puerta cerrada, estoy intentando poner orden en mi cabeza para hacer algo de "provecho". Es curioso, pero mientras me centro en silenciar mi mente, voy descubriendo nuevos ruidos. Es mi cuerpo. Ahora que no tengo más ruido exterior que el avión que pasa puntual a las 14:00, mi cuerpo se reivindica y me habla.
La ropa rozándome la piel. Los ojos cansados y perdidos. La sangre fluyendo de un lado a otro. Mi corazón latiendo con fuerza, pero a su particular ritmo. Dos vértebras se rozan y saltan. Una articulación se queja por la postura. Un tendón se coloca y vibra. Tal y como lo describo, solo me falta decir que oigo o noto, las neuronas hacer contacto. Pero eso ya es demasiado incluso para mi.
Me quejo constántemente de mi cuerpo, pero creo que nunca le había prestado un mínimo de atención.
Regresa un viejo miedo, que hacía muchas, muchas noches atrás, era capaz de robarme el sueño. Y es el lógico, pero absurdo miedo a dejar de oir lo que ahora oigo... lo que ahora siento. Llegará un día que mi corazón se pare, y no habrá otro camino que seguir hacia adelante. Pero eso lo se ahora.
Tanto tiempo sin escribir, y lo que pongo después de este trecho, es una reflexión sobre mi pulso; causada principalmente por la presión ejercida en mis oidos por los tapones y la falsa ilusión que esto crea de estar oyendo mi corazón. Error, solo "oigo" el cuanto le cuesta pasar a la sangre, a través de los capilares de mi canal auditivo por la presión ejercida por los tapones. Curioso.
Como me dijo mi mejor amiga no hace muchos dias, "Pienso demasiado".
Volveré al trabajo, eso será lo mejor.
Nadie, como dirían los amigos de Les Luthiers. "Amigo, no es mi intención cortarle, pero... ha estado usted transitando caminos sinuosos. O dicho de otra manera... meditando fuera del recipiente".